Vivimos en un mundo diseñado para que nada nos sorprenda. Los algoritmos saben qué queremos ver antes de que lo busquemos. Las plataformas nos muestran lo que confirma lo que ya pensamos. Todo está optimizado para ser predecible. Y cuando todo se vuelve predecible, la sorpresa deja de existir.
Ahí empieza mi trabajo.
No hago magia para convencerte de lo imposible. Hago que algo improbable ocurra frente a tus ojos. En mis espectáculos, el público participa, duda, se ríe, busca una explicación. Durante unos minutos, el cerebro deja de tener respuestas.
Porque el verdadero asombro no aparece cuando vemos un truco. Aparece cuando, por un instante, dejamos de entender cómo funciona el mundo.
